Storytelling y la moderna narrativa

Contar historias es una de las necesidades básicas del ser humano. Desde la prehistoria se narraron gestas y situaciones cotidianas entorno al fuego. Algunas hablaban de dioses y héroes, otras de gente corriente. De inicio quedaron codificadas dentro de los mitos que ayudaban a comprender el origen del mundo o todo aquello que resultaba desconocido, como la forma en que Prometeo robó el fuego a los dioses o de qué manera la ambición de Ícaro por volar más alto, fundió sus alas.

El vuelo de Ícaro

Más tarde llegaría la dramaturgia de Shakespeare para aglutinar el grueso de las emociones humanas (los celos de Otello, la codicia de Macbeth, el tormento de Hamlet…). El Quijote de Cervantes establecía las bases de la novela que Dickens consolidó ya en el siglo XIX.

Paralelamente, el cuento se mantenía próximo a la fantasía del mito, siendo un formato más libre y dado a la inventiva simbólica. Además de clásicos como Andersen, otros como Lovecraft o Poe sembraban el terror en sus relatos breves. Cortázar apelaba al realismo mágico, haciendo de la narración breve un género mayor que hoy goza de buena salud.

Toda esta tradición queda plasmada en dos fuentes de aprendizaje. La Poética de Aristóteles y la estructura en tres actos. Lo primero es un tratado sobre cómo se construye la tragedia griega que sirve para comprender la base formal en actos de toda dramaturgia y la trascendencia de la catarsis que implica la transformación del espectador. Toda narración constituye un arco y evolución del personaje. El lector mediante la identificación vive y sufre con él, de modo que llegar al final, cambia su estado de ánimo. Así mismo, la breve obra de Aristóteles sirvió para codificar la narración en tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Durante mucho tiempo, el tiempo lineal y la lógica causa-efecto sostuvieron los pilares de la narrativa, hasta que Dickens y algunos otros, empezaron a jugar con el tiempo, introduciendo flashbacks al pasado o saltos al futuro.

Clásico que Huston y Bogart llevaron al cine.

Géneros como la novela negra policíaca, aportaron tramas laberínticas, potentes diálogos y acotaciones visuales que aproximaban su narrativa al guión audiovisual.

Actualmente, cualquiera que quisiera aprender a narrar o exponer cualquier tipo de presentación o proyecto, debería pasar por la base de los tres actos y las raíces del mito concentradas en el viaje del héroe de Joseph Campbell, así como por el repaso de los principales argumentos principales o los arquetipos básicos que dan pie al personaje.

Probablemente, es cierto que todo está inventado. Por ello, los modernos creadores tienden a innovar desde la forma, fragmentando, descomponiendo y desordenado como mostró el genio de Tarantino en la década de los noventa tanto con Reservoir Dogs como en Pulp Fiction donde recuperaba lecciones de Kurosawa y su Rashomon o de Kubrick en Atraco Perfecto. Desde entonces, como establecía el Pop de mitad del siglo XX, reciclar, mezclar o cortar y pegar son recursos válidos para la creación de historias.

Si nos centramos en el audiovisual, en la transición al siglo XXI, apareció Charlie Kauffman con brillantes guiones como los de Olvídate de mí o Cómo ser John Malkovich.

Olvídate de mí, el amor y la creatividad.

El espectador  o lector creció en una posmodernidad fragmentada, compuesta por cápsulas, zapping y saltos narrativos continuos que obedecen a una atención cada vez más breve.

Así llegamos hasta casos contemporáneos como el de Cristopher Nolan, uno de los talentos del nuevo cine anglosajón junto con Paul Thomas Anderson. Ambos han construido historias tan brillantes como las de Memento, Interstellar, Dunkerque o Magnolia y El hilo invisible. Historias contadas al revés, corales, en un futuro donde desaparecen las coordenadas espacio-tiempo o contempladas desde múltiples puntos de vista.

Tramas paralelas que se encuentran. Ranas llovidas del cielo…

Ciertamente la narrativa podía necesitar una renovación acorde con el espíritu de los tiempos. Sin embargo, en este río de la posmodernidad y la falta de atención plena, hemos ido perdiendo el arte de contar historias. El orden de saber exponer una presentación y con ello, la capacidad de sabernos contar el cuento de nuestra vida.

Uno puede ser espectador o lector de lo que quiera pero es bueno que sepa contar y explicar aquello que más le conmueve o la anécdota que vivió al despertarse.

El peligro del gaming es la simplificación argumental y la de mucho cine contemporáneo, su formalismo. Olvidamos que contar una historia implica no sólo un argumento comprensible sino también una tesis única o múltiple donde se expone ideología, moral o pensamiento. Además, una narración debe tener implicaciones emocionales y también simbólicas para poder dirigirse al subconsciente.

Existen buenas narraciones modernas como Black Mirror o Unorthodox pero casos como el de Tenet nos llevan al abismo. Una cosa es regresar al pasado para reformular el presente y otra dejar una narración hueca de evolución de personajes o trama argumental. La acción por la acción no conduce a nada porque la primera regla es producir una consecuencia. Si llenamos una historia de una sucesión de batallas podemos estar jugando una partida pero no estamos contando nada.

Pura distopía inteligente que recuerda a The Twilight Zone

El peligro de perder el orden audiovisual de Hitchcock o narrativo de un Julio Verne es perder la capacidad de contar. Somos lo que leemos o vemos y escribimos como hablamos o viceversa.

Por eso creo que es tiempo de reflexionar sobre la narrativa y dar un paso para en el mejor de los flashbacks, poder recuperar las bases del mito y los cuentos. Gracias a ellos, podremos construir narraciones de todo aquello que nos importa.

En un tiempo, voy a recuperar en un curso online o intensivo, todas las claves para crear un buen storytelling. No sólo con el propósito de ser guionista audiovisual o escritor, sino para obtener claves de crecimiento personal, saber exponer ideas o proyectos y comunicarse con los equipos.

Saber contar y comunicar aquello que te conmueve, resulta terapéutico y liberador. El arte de contar una buena historia es un bien común.

A veces olvidamos que todo puede ser una bonita aventura y nosotros sus protagonistas.

Iré dando forma al curso de storytelling y pronto iré dando detalles.  

Alexis Racionero Ragué

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