San Francisco, la ciudad del amor y las flores

Abierta a la inmensidad del Pacífico, custodiando su hermosa bahía que fue puerto del oro de Sacramento y cuna de los sueños de jóvenes que quisieron cambiar el mundo,

San Francisco es una ciudad en comunión con la naturaleza, salpicada de colinas que contemplan la inmensidad del oceáno, con empinadas calles surtidas de cafés y antiguas casas de madera de múltiples colores. La joya de California,la más europea de las urbes americanas, la ciudad de las flores.

If you’re going to San Francisco be sure to wear to some flowers in your hair, cantaba Scott MacKenzie en junio de 1967 para promocionar el festival de Monterrey que iba a convertirse en la primera concentración masiva de la historia de rock y uno de los epicentros de la cultura hippie, junto con el  Human Be Inn del Golden Gate Park del mismo año en el que cincuenta mil jóvenes se concentraron para protestar contra la prohición del LSD. Un Be Inn venía a ser un happening colectivo en el que se mezclaban drogas con performances teatrales, poesía y música. En aquel tiempo, Timothy Leary, el gurú de la psiquedelia, pregonaba aquello del turn on, turn in & drop out (enchufa, sintoniza, déjate ir).

SF Mime troupe

Han pasado ya más de cuarenta años del verano del amor pero San Francisco sigue impregnado de su aroma y del espíritu de la ‘Contracultura’ tal y como la definió Theodore Roszak en su influyente libro The Making of a Counterculture, para designar los movimientos de rebelión ante la cultura establecida. Los beatniks con Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs al frente fueron los primeros disidentes de ese monstruo tecnocrático que el poeta llama Molloch en Howl (1956), el aullido de una generación que se resistía a ver perder sus mejores mentes, devoradas por la sociedad opulenta que programa nuestras vidas convirtiéndonos en el robótico hombre unidimensional descrito por Herbert Marcuse a finales de los cincuenta. La vida puede vivirse de otro modo, On the road (1957) como establece del clásico de Kerouac en el que el viaje es libertad y autoconocimiento.

La Generación Beat se instaló en el barrio de North Beach en San Francisco, donde en 1953 Lawrence Ferlinghetti creó la librería y editorial independiente City Lights que hizo posible la aparición de Howl, y del renacer de poesía de San Francisco con sus pocket series, libros de bolsillo que cumplian con la premisa contracultural de recuperar artes menospreciadas como la poesía.

SF City lights

La librería se halla en el 261 de Columbus Ave y mantiene todavía ese halo de humo, madera envejecida, estanterías a rebosar y lo más importante, libros que incitan a pensar desafiando a la cultura establecida. Casi un milagro ahora que la globalización lo absorve todo para convertirlo en una marca o parque temático. El enclave de City Lights con el Café Vesuvio en la esquina, sigue manteniendo parte de su esencia, así como el Café Greco (423 Columbus Ave),  y el ambiente de bares y restaurantes que frecuentaban los beatniks a lo largo de Broadway Avenue.

SF Vesuvio graff

Para el viajero que disponga de más tiempo, siguiendo los pasos de Kerouac se podría visitar Big Sur, localidad situada al sur de la ciudad siguiendo la bellísima y recomandable High 1 que une San Francisco con L.A. por la Pacific Coast. Otra opción sería subirse a un tren con destino a Oregon, atravesando  bosques de sequoias como hacía Gary Snyder, el primer ‘vagabundo del Dharma’ y beat más vinculado a la ecología y el orientalismo.

Bohemia, jazz, drogas, alcohol y viajes fueron las bases de la Generación Beat cuya actitud fue mucho más disidente y nihilista que los posteriores hippies.

Estos llegaron a San Francisco a mediados de los sesenta y se establecieron en el barrio de Haight Ashbury, un lugar por entonces casi abandonado, lleno de viejas mansiones destartaladas, alejado del centro y entre los parques del Golden Gate y Buena Vista.

Sf Hippie shop

Los hippies con su idealismo y sentido comunal llenaron el barrio de color y alegría, montando pequeños comercios de música, esoterismo, astrología o comida vegetariana donde el trueque y la conversación substituían a la compra venta. Obviamente hoy en día de esto queda muy poco y Haight puede resultar bastante decepcionante al mostrarse como un parque temático donde pasar una noche en un hotel hippie tiene un coste astronómico al igual que comprar ropa de época.

SF red vic

Pese a ello, es recomandable la visita a este lugar, deambulando al atardecer cuando la luz dorada baña sus bellas casas de madera y escuchar discos memorables  de la época como Surrealistic Pillow de Jefferson Airplane o canciones como el California Dreaming  de The Mamas & The Papas y Summertime en versión de Janis Joplin. Los más mitómanos pueden visitar la casa donde vivió la joven musa (112 Lyon St.) o el hogar de los Grateful Dead (710 Ashbury St.) e incluso la mansion del hippie asesino Charles Manson (2400 Fulton St.). Pero es mejor dejarse llevar por la música y una sana nostalgia hasta el Golden Gate Park que abre sus puertas al Pacífico, invitando a tomar un picnic al sol, o curiosear por tiendas de libros y cd’s de segunda mano como Green Apple (506 Clement St.)

Berk telegraph

A finales de 1967 los hippies tuvieron que mudarse a Berkeley porque las autoridades les echaron del barrio. Se concentraron a lo largo de Telegraph Avenue desde la puerta sur de la Universidad de California en la calle Bancroft hasta la esquina con Dwight donde todavía queda ese viejo solar por el que hippies y estudiantes lucharon en 1969, para evitar que se convirtiera en terreno urbanizable.

La batalla acabó con la muerte de un estudiante pero el lugar quedaría para siempre como el People’s Park.

SF graf

Al igual que habían hecho en Haight, los hippies convirtieron Telegraph y sus calles adyacentes en un lugar vivo y alegre hasta que las drogas duras acabaron con todo.

Tomando el BART, tren de la bahía, es muy fácil llegar a Berkeley y sin duda, vale la pena una visita de un día para recorrer esta bonita localidad universitaria que mantiene vestigios de la época hippie como el mercadillo en la calle o las librerías Shambala (orientalista) y Moe’s. Se han perdido otras como Cody’s o la mítica tienda de vinilos Rasputin Records o cafés como el Mediterranean pero Berkeley sigue siendo un lugar agradable con zonas como la de College Avenue donde proliferan tiendas y lugares interesantes.

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Mis padres vivieron en Berkeley a finales de los sesenta y al volver a España difundieron la cultura hippie con libros como California Trip (1971) o Filosofías del underground (1977), publicados en las editoriales Kairós y Anagrama que con los hermanos Pániker y Jorge Herralde al frente se encargaron de traducir y difundir muchos de los textos fundamentales de la Contracultura que tuvo en España poca repercusión, aunque el Canet Rock e Ibiza fueron dos epicentros importantes.

Para muchos de los que vivieron esa época o crecieron con ella San Francisco tiene una carga mitológica como puede tenerla para los amantes del buen cine que por sus calles pueden revivir obras maestras como Vértigo (A. Hitchcock, 1958), El graduado (M. Nichols, 1967), La conversación (F. Coppola, 1974) o Bullit (P. Yates, 1968), sin olvidar otras como What’s Up Doc (P. Bogdanovich, 1972), La fuga de Alcatraz (D. Siegel, 1979) o Instinto Básico (P. Verhoeven, 1992).

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San Francisco es una ciudad acogedora que invita a pasear y tomar sus característicos tranvías para llevarnos por un recorrido establecido que pasa por el Fisherman Wharf, antiguo embarcadero donde tomar cangrejo y langosta contemplando sus leones marinos, la visita a la isla de Alcatraz, convertida en prisión federal en 1934 y que alojó a criminales de la talla de Al Capone, remontar hasta Pacific Heights el clasista y privilegiado barrio desde el que contemplar el skyline de la ciudad, con el característico rascacielos Transamerica Pyramid y la Coit Tower, a la que puede se puede ascender subiendo por Telegraph Hill, sin olvidarse del tramo final de Lombard Street con su vertiginosa e inclinada pendiente salpicada de flores. Chinatown es sin duda otro aliciente o la plaza Ghirardelli con su antigua fábrica de chocolate (hoy convetida en centro comercial). Perderse por la vitalidad de barrios como North Beach, Castro el hogar del Gay Power y Harvey Milk o Mission sin un rumbo fijo es una opción recomendable, al igual que salir de marcha por la zona de Soma o visitar el Filmore West, templo del pop rock por el que pasaron todas las grandes formaciones de los sesenta.

SF Castro

Así mismo, merece la pena desplazarse hasta Fort Point, al final de Long Avenue, a los pies del maravilloso Golden Gate para contemplar una puesta de sol donde la misteriosa Madeleine de Vértigo se arrojaba la bahía. Cruzar el puente y cenar en Sausalito, la pequeña localidad costera donde el orientalista Alan Watts vivió en su casa bote, es un placer obligado. Desde ella la vista de San Franciso y su bahía es única. La ciudad y su entorno se erigen perfectamente integradas en una escala muy humana, rodeada de una majestuosa naturaleza que tan sólo durante unos meses la azota con los vientos y brumas del Pacífico. San Francisco es luz, armonía, casas victorianas de madera coloristas, fantasía, libertad y optimismo, desafiando a la siempre amenazante falla de San Juan que en 1906 arrasó la ciudad con un terremoto. La ciudad del amor y las flores se alza bella y orgullosa en sus colinas, plantando cara a metrópolis desbordantes e inhumanas como Los Angeles, mostrando al mundo que aunque el sueño hippie se acabara, el mundo mejor siempre será posible.

Texto y Fotos : Alexis Racionero Ragué

Publicado en la Revista Altaïr num 59 (California y el lejano Oeste)

PARA SABER MáS

– Contracultura descrita por americanos :

The Making of a CounterCulture. THEODORE ROSZAK. University of California Press, 1995 (1ª ed 1969). En inglés

The Greening of America. CHARLES A. REICH. Random House, 1970. En inglés

– Contracultura descrita por españoles :

California Trip. MARIA JOSÉ RAGUÉ. Ed Kairós, 1971. En castellano

Filosofías del Underground. LUIS RACIONERO. Ed Anagrama, 1977. En castellano

– Novelas de viajes :

On the road. JACK KEROUAC, Viking Press, 2007 (50th anniversary). En inglés, también disponible en castellano.

Ponche de ácido lisérgico. TOM WOLFE. Ed Anagrama, 1997 (1ª ed 1967). En castellano

– Poesia y Beatniks :

The Penguin Book of the Beats. ANN CHARTERS (editor). Penguin Books, London, 1993. En inglés

– San Francisco cinematográfico :

Celluloid San Francisco. J. BUSKIRK/W. SHANK. Chicago Review Press, 2006. En inglés

Impresiones de Japón

Japón es uno de los destinos más recomendables de Asia porque aúna modernidad y tradición, constituyendo una mezcla entre oriente y occidente en la que el viajero convencional se siente cómodo.

El inconveniente de las casi dieciséis horas de vuelo quedan compensadas por la eficacia de su tren de alta velocidad, el shinkasen que mediante el Rail Pass de 7,14 o 21 días es la mejor manera de visitar el país.

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El circuito convencional y que yo realicé en mi primer viaje, consiste en llegar a Tokyo, pasar por Kamakura a visitar una de las ciudad monumental conocida por un Buda de grandes dimensiones, seguir hasta Hakone donde se hacen dos noches para aproximarse hasta el monte Fuji y finalmente invertir casi una semana en Kyoto, la ciudad de los más de tres cientos templos que ofrece salidas de un día imprescindibles como la visita a Nara. Si hay tiempo se puede hacer una o dos noches en alguno de los templos del monte Koyasan o llegarse hasta Hiroshima, para finalmente, volar de regreso desde la postmoderna Osaka, la ciudad de los canales y las luces de neón que posee uno de los castillos medievales más memorables del país.

El tren acorta estas distancias a viajes de menos de tres horas, siendo posible recorrer la isla de punta a punta si se quiere. No obstante, hay que tener en cuenta los Alpes japoneses ubicados en la mitad norte y el hecho de que en conjunto, se trata de un país bastante montañoso por lo que en ocasiones como para llegar hasta Takayama con sus casas tradicionales japonesa, es necesario dar un gran rodeo con el tren para llegar al punto deseado.

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La primera impresión que Japón transmite es que todo funciona ordenadamente, en un entorno tanto urbano como rural sumamente cuidado y limpio. Se roza lo aséptico y dada la contenida educación de los nipones, su baja o nula conversación y el poco contacto visual, puede resultar casi hasta inhumano pero poco a poco uno se acostumbra. No obstante, puedo entender porque es uno de los países con más suicidios.

El viajero pasa, observa y contempla pero el que vive en esa sociedad tan contenida, cerrada, contenida y autoexigente puede pasarlo verdaderamente mal.

No fue mi caso, como turista occidental  que fue a Japón a relajarse después de un año intenso y salió con el regalo de un embarazo deseado.

Después de haber leído a D. T Suzuki (Zen and the Japanese Culture, The Fields of Zen), a Alan Watts (The Spirit of Zen, The way of Zen), a Tanizaki y su Elogio de la sombra, a Kawabata y El país de las nieves, a Ruth Beneditct y El crisantemo y la espada o también al contemporáneo Murakami de quien me gustan Tokyo Blues y Al sur de la frontera, al oeste del sol, venía bastante conectado con la cultura japonesa.

A esto hay que añadir todas las películas de Kurosawa, algún manga que otro, el cine de animación de Miyazaki y cómo no las aventuras de Mazinger Z con quien crecí.

Uno proyecta espiritualidad zen, recogimiento, sensibilidad, naturaleza reposada, cerezos en flor, platos florales y sushi deslumbrante, el sabor de un buen saque en taza de cerámica, té verde, samuráis, templos, rascacielos, neones, robots, matrix, ultratecnología, cyberpunk, lolitas, tamagochis, geishas, tatamis, baños onsen, motos…

Y lo encuentra todo porque Japón concentra todo ello en una potente y personal combinación de estos dos mundos tradicional y moderno que conviven en una calculada armonía.

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Los más de dos siglos de aislamiento del mundo vividos durante la era del emperador Tokugawa hasta 1868 han servido para mantener latentes tradiciones milenarias como la meditación zen o artes como el ikebana floral, la poesía de los breves jaikus o los enigmas sin solución que constituyen la base de los koans.

Recomiendo leer Los 99 jaikus de Ryookan

Estanque nuevo,

Salta dentro una rana

Y no hace ruido.

También ese tesoro del viajero que son la Sendas de Oku de Mastsúo Basho,

Toda la noche

amotina las olas

al viento en cólera.

Y los pinos chorrean

húmeda luz de luna.

O los relatos de viaje de Lafcadio Hearn de finales del XIX, En el país de los dioses o sus cuentos recogidos en Kwaidan.

Todos pueden ser buenos compañeros en un viaje a Japón.

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Mi mayor recomendación es vivir el contraste entre la metrópolis que es Tokyo con la naturaleza más bucólica de templos zen y paisajes remotos.

En Tokyo hay que pasarse una tarde en Shibuya y contemplar ese cruce de calles en los que la manada humana desborda en extravagantes colores e indumentarias de las jóvenes harajuku que quieren ser como sus muñecas de infancia,  los otakus que recrean sus personajes de anime, las lolitas punk gothic.

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Se puede acabar en las inmediaciones de la estación de Harajuku o el puente que conecta con el parque de Yoyogi para ver este desfile de manamis o chica que quiere ser Lolita con todo tipo de tribus urbanas. Los punk rockabilly son de lo más divertido.

Otro barrio de visita obliga es Akihabara convertido en el bazaar tecnológico e informático más grande del mundo. Allí me encontré con aquel ZX Spectrum de mi infancia. Antes de la visita debe verse la deslumbrante Ghost in the Shell, una película de Mamuro Oshii de 1995, inspirada en el manga de Masamure Shirow del que parte la saga Matrix de los Wachonski.

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En cuanto al Japón tradicional, el lugar es Kyoto, la antigua Edo, con su barrio antiguo donde poder contemplar templos como el Kennin Ji donde me sorprendió una lluvia mientras permanecía sentado, absorto por la sonoridad de esta sobre la madera y la tierra que dibujaba formas en un mar de pequeñas piedras.

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Su interior posee preciosas pinturas murales de fantásticos dragones. Se puede llegar hasta el templo de Kodaji, perderse por las calles de Gion aunque no aparezcan las codiciadas geishas y dedicar al menos toda una tarde para visitar el conjunto monumental de Daitoku Ji donde se concentran algunos de los templos zen más bellos de la ciudad, entre ellos el famoso de Ryoan Ji u otros no tan conocidos pero preciosos como el Daisen In o el Zuiho In.

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Por último en las cosas más mundanas del comer, casi cualquier sitio es bueno para descubrir que la gastronomía no sólo es tempura y sushi. Obligada la visita el mercado del pescado en Tokyo y compartir mesa en los puestos de la calle.

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También obligado alojarse en un ryokan o casa tradicional en la que disfrutar de baños termales onsen y cena en la habitación entre futones y tatamis.

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No es necesariamente más caro que un hotel para occidentales y sí mucho más divertido y enriquecedor culturalmente hablando, siempre y cuando las piernas lo permitan sentarse en posición de flor de loto sobre el suelo y la espalda tolere la rigidez de un futón.

 

Las pastelerías son así mismo espectaculares, con bolitas hechas en pasta de arroz, rellenas de te verde y otras virguerías. Los tés ofrecen múltiples variaciones como el Bancha o Kukitcha. Para los clásicos, en Kyoto también existe la sucursal del primigenio té Lipton, siguiendo la tradición british del té con una nube, etc.

 

La oferta gastronómica reflejada la sensibilidad de un país muy refinado que invita a desconectar y del que puedes aprender muchas cosas distintas dependiendo del viajero.

 

A mí, Japón me enseñó a ser más cuidadoso con mi entorno, a mantener cierto orden en los interiores en los que vivo, evitando cargar el entorno de objetos, papeles y demás trastos, a comprender que la estética del vacío relaja tu mente y para los que trabajamos mucho en casa, con la mente, escribiendo o en actividades similares, resulta de gran ayuda. De otra parte, Japón me enseñó a no sólo venerar la naturaleza sino tratar de contribuir a dignificarla.

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Por último hubo algo que es más difícil de explicar pero que los japoneses dominan muy bien y es comprender que todo puede ser un ritual, que cualquier pequeña acción que realizamos puede ser importante, ya sea preparar un té, servirlo o lavar los platos.

Son cosas que se sienten cuando uno va allí. Los libros son buenos para introducirse para saber alguna cosa pero aunque la distancia impone, viajar a Japón es algo muy especial.

Cuento los días que me faltan para regresar. Tal vez el año que viene con la hija que aquel viaje me ofreció. Como con algunos otros países, ya nunca he podido desconectar de Japón.

Texto y Fotografía : Alexis Racionero Ragué

El ansia de vagar – presentación en Altaïr

El pasado 4 de marzo presenté mi libro El ansia de vagar en el Forum de la librería Altaïr.

En la presentación agradecí a la gente de Altaïr su amistad y resistencia por seguir ahí pese a la crisis, pese a que ésta se haya llevado por delante tesoros como la revista en la que colaboré durante sus últimos años. Así mismo agradecí a todos aquellos que han viajado conmigo, incluidos aquellos anónimos con los que uno puede compartir tan sólo una tarde o las gentes locales que conoces cuando vas de un lugar a otro.

Viajar no es sólo el paisaje sino las personas que uno conoce.  Para mí, viajar es una filosofía de vida, una actitud vinculada a no perder la voluntad de aprender permanentemente. Además de aprendizaje, viajar es también un espacio para salir de la rutina y encontrarte a ti mismo, no necesariamente entendido como que te “ilumines” sino simplemente comprender en qué momento de tu vida estás.

Todos los que hemos sido viajeros podemos describir y recordar grandes momentos de nuestras vidas, a partir de los viajes. Viajando has podido perder a seres queridos, has sabido que tendrías una hija, has dicho adiós aquel perro que tanto quisiste o vivido situaciones paralelas al viaje que jamás olvidarás.

A nivel de lección vital, viajando a Cuba aprendí a desprogramarme, a vivir más el presente y no necesitar un plan que se cumpla a rajatabla. Más tarde viajar se ha convertido en alimento de mi alma y algo que necesito de vez en cuando para completar mi mundo cotidiano. No siempre deben ser viajes remotos a Asia o destinos distantes sino que pueden ser simples escapas de pocos días a cualquier lugar que no forme parte de mi día a día.

Foto El ansia de vagar copia

Aproximadamente esto es lo que comenté en la primera parte de la presentación del libro que contó con una primera intervención de Albert Padrol cofundador de Altaïr que elogió la sinceridad del libro y su carácter heterodoxo o la dificultad de estar escrito por dos autores.

En la segunda parte di pistas sobre los contenidos del libro dando un breve repaso a los capítulos que me correspondían. Viajes en tren, el viaje por toda la costa oeste americana desde Seatle a San Diego y la fascinación por los Himalayas y la alta montaña. Entre los países que visité en tren destacan la India, el Tíbet o Suiza. Los destinos de montaña son el Kashmir, Leh, Nepal y el valle de Parvati.

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Para concluir hablé de cómo el viaje a parajes naturales remotos te permite conectar con las energías de la tierra y el silencio, lo mucho que me gusta viajar el tren y animé a todos los que comparten la pasión por el viaje a no perder la ilusión. Todos tenemos nuestras formas de viajar y todas pueden ser validas.

Espero que os guste el libro. Aquí os dejo el vídeo de presentación con el que concluyó el acto. Se trata de un breve  montaje de fotos representativas de los viajes que describo en el libro, acompañadas del tema In my life de los Beatles.

Alexis Racionero Ragué

PD La foto de cabecera corresponde a la edición de bolsillo editada exclusivamente para la cadena Eurostar Hotels que regala el libro a sus clientes (al parecer está como libro de cabecera donde antes hubo una Biblia… La edición que se encuentra en librerías es la portada blanca.

Ruta por el Japón de los samuráis

Algunos de nosotros fuimos atraídos hacia el Japón debido a las clásicas películas de Kurosawa que desde Rashomon, La fortaleza escondida, Jojimbo o Kagemusha nos enseñaban un código moral, ético y filosófico sólo apto para valientes, dispuestos a servir y morir por la causa. Caballeros entregados a un deber, al servicio de su señor Shogun, héroes de verdad, no superhéroes de fantasía. Personajes fusionados con el aprendizaje de los grandes dramas shakesperianos que el maestro Kurosawa conocía también. Ran era el Rey Lear mientras El trono de sangre era Macbeth.

En la era post atómica aquello de armas más nobles para tiempos más nobles cobraba sentido y aunque la frase de la dice Owi Wan Kenobi a Luke Skywalker en La guerra de las galaxias, concentra las esencias del cine de samuráis que Kurosawa desarrolló desde la década de los cincuenta.

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Como niño de los setenta llegué a los samuráis desde sus avatares jedis pero en cuanto los descubrí me fascinaron al igual que lo habían hecho los pistoleros del western o los caballeros del rey Arturo. Hay en la épica algo de fascinante atracción para un niño y desde ahí viendo a el cine de Kurosawa conocí Japón.

El cine forja ídolos y mitos, al igual que construye paraísos en su reino de sombras. Obviamente, hoy los samuráis ya no existen pero sí algunos de los espacios por los que transitaron, vivieron o fueron enterrados.

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Este debía ser el tema de un documental que quise rodar hace un par de años pero la crisis financiera dejó sin fondos a Casa Asia y televisiones como tv3 se vieron a merced de la rabiosa actualidad y el localismo, de modo que mi proyecto sobre El camí dels samuráis se quedó en el tintero.

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Sé que algún día  volveré al Japón para recorrer los senderos que me faltan pero mientras este momento no llegue, os dejo unas pistas de cuál puede ser una ruta por el Japón tradicional de los samuráis. Por una vez trataré de ser esquemático, sintético y práctico.

 

Dias 1 y 2 – Tokyo – Visita  a los templos de Katori Shinto y Kashima, a pocos kilómetros de la capital. Llegar al alba para ver el templo de Shengakuhi donde están enterrados los famosos 47 Ronin (existen varias versiones cinematográficas). A primera hora, los yakuza acuden a venerar a los antiguos samuráis.

Dias 3,4,5 – Nikko – Si se va en mayo se puede disfrutar del festival Tosho-gu en el que desfilan mil hombres vestidos de samurái, transportando reliquias a lo largo de la ciudad sagrada (en octubre se repite el mismo ritual). Visita al mausoleo de Tosho-gu donde se veneran las cenizas del gran shogun Tokugawa Ieyasu, fundador de la dinastía que reinó durante más de 200 años. Ver el templo de Rinno-ji fundado por Shodo Shonin con la sala de los tres grandes budas. Acudir hasta los baños de Ganman-ga-fuchi en plena naturaleza entre la lava seca del monte sagrado Nantai.

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En el sendero se pueden contemplar más de setenta pequeñas estatuas de piedra llamadas jizo (muy comunes en todo el Japón como indicadores de lugares sagrados). Los más aventureros pueden ascender hasta el Nantai, pasando por la gran cascada Kegon. Los fans de los baños termales onsen pueden llegarse hasta la pequeña localidad de Yumoto.

Dias 6, 7 – Kanazawa – Ciudad medieval que aunque fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial conserva la casa samurái de Nomura en el barrio antiguo de Nagamachi, además del templo ninja de Myoryuji y un bonito castillo.

Días 8,9 – Kumamoto – La ciudad a las puertas de los Alpes japonesas que conserva uno de los fortalezas medievales mejor conservadas de la isla.

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Días 10,11 – Takayama – Antiguo pueblo medieval que contiene diversas casas samurái intactas que se visitan como museo, además de un barrio antiguo tradicional con casas de madera. Aparentemente turístico pero ideal para transportarse en el tiempo.

Días 12,13,14,15  – Templo Eiheiji – Zazen intensivo de cuatro días de la meditación del budismo zen que practicaban los samuráis. Las normas son estrictas y para ser aceptado se debe estar inscrito en algún dojo zen del mundo. Aprendices abstenerse. Hay que estar preparado para pasarse horas sentado en flor de loto contra la pared!

Días 15, 16,17,18 – Kyoto – Visita entre otros (la ciudad tiene más de doscientos), de los templos zen de Ryoan-ji y Daitokuji. Peregrinación al templo de Fushimi Inari Taisha, mundialmente conocido por sus más de 10.000 toris. El complejo contiene infinidad de pequeños santuarios y aparece en diversas películas como Memorias de una geisha.  Son unos cuatro kilómetros por la montaña. Hacer noche en el Ishihara ryokan donde Kurosawa se recluía para escribir los guiones de sus películas.

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Días 19, 20 – Himeji – Visita el precioso castillo de Himeji, uno de los mejor conservados de todo el país. Está en el extremo sur de la isla, más allá de Kobe, pero afortunadamente el Shingkasen o tren bala hace que las distancias no sean nada en Japón.

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Días 21 a 26  – Kumano Kodo – peregrinación considera Patrimonio de la Unesco desde el año 2004 que recorre entre bosques, viejos caminos samurái que se adentran en la tierra  de los espíritus o yonis, los yamabushi o monges del Shugendo, una de las formas de sincretismo religioso más ancestrales del Japón que mezcla el shintoismo con el budismo y el taoísmo. El itinerario de puede cubrir en cinco días si se camina una media de ocho kilómetros diarios para cubrir la totalidad de cuarenta.

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Días 27,28,29 – Koyasan – Tres días de reposo en alguno de los templos de monte sagrado Koya, también situado en la península de Kii. La mayoría de ellos, como el de Sekhiso son de la secta budista Shingon. Los que estén hartos de tanto templo, tradición y naturaleza contemplativa pueden acabar en la bulliciosa Osaka y revivir la noche posmoderna de Blade Runner.

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Para completar esta ruta se precisa de un mes aproximadamente, sacarse el Japan Rail Pass de 21 días o algo más y combinar el transporte con algún autobús local. Se recomienda dormir en ryokans (casas tradicionales), minshukus (domicilios particulares que vienen a ser como los B&B) y templos que acojan a viajeros. Hay que tener en cuenta que el nivel de inglés de los japonés suele ser bastante pobre, incluso en las grandes metrópolis. En cuanto a la gastronomía todo es bueno y con el sushi hasta se puede encontrar una buena botella de Chablis, pero eso sí la austeridad samurái como mucho se permite un poco de saque o té verde.

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Texto y foto portada/final : Alexis Racionero Ragué

El cañón de Talampaya, vestigio prehistórico y lugar chamánico

La mañana se desvelaba con fatiga. El sol frenaba cualquier ansia de adentrarse al Cañón, ahogando un terreno áspero y que, por momentos, parecía ser monocolor. Solo las imágenes colgadas en las puertas del parque nacional, junto a las historias escuchadas sobre la magia de aquél lugar, ayudaban a despertar el ánimo. A lo lejos, algunos algarrobos que alentarían la sombra del paso. Inicié la ruta junto a dos litros de agua.

Ubicada en el centro-oeste de la Provincia de La Rioja argentina, al noroeste del país, y con una superficie de 215.000 hectáreas, Talampaya hacía más de 200 millones de años que se alzaba cada mañana, de forma imponente y con formas imponentes, aunque en la abundancia del tiempo, yo solo tendría una única ocasión para apreciarla. Recorriendo el cauce de un río seco, inicié el camino. Seguí el trazo dejado por las lluvias torrenciales de verano, que sólo son puntuales y que tienen un promedio anual de hasta 170mm. Ellas, junto al viento, fueron las manos que moldearon un terreno en movimiento, generado por el roce de placas tectónicas. Cuando se elevó la cordillera de los Andes, hace unos 65 millones de años, emergieron los sedimentos triásicos y terciarios que durante otros millones de años almacenó la profundidad de estas tierras. Testimonio más anciano que la que es considerada la columna vertebral de América, Talampaya creció con depósitos fluviales ordenados por siete capas, lo que generó una paleta de siete colores, influenciados todos ellos por la vegetación adaptada y otros sedimentos como el carbón.

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En el camino seco, descubrí los frutos de todos ellos. Paredes de 150 metros de altura marcaban la ruta a ambos costados, cortando el aire. Algunas, con el don del eco. Cañadones erosionados, yacimientos arqueológicos y paleontológicos, eran otros de los elementos expuestos en ese escenario, junto a otras geoformas, colores y texturas, con un rojizo predominante, como si de una cocción viva se tratara, combinado con tonalidades de marrón, y algo de verde y gris en los fósiles. Entre estos, se dice encontrar el Lagosuchus talampayensis, perteneciente a uno de los primeros dinosaurios que habitó la Tierra. Todo un panorama compuesto por figuras para la imaginación, solamente regidas por los dictados de la naturaleza, inalcanzables ni siquiera para el corazón humano. Formas enraizadas en el orden del libre albedrío y en medio de las serranías bajas del oeste riojano. Talampaya se erguía como un túnel responsable de vehicular gran parte de la historia geológica de la Tierra, junto a la aroma del desierto.

Nuestra cultura adaptó estos relieves a su vocabulario, dando nombres comunes a formas inexplicables. Así, el viajero podría conocer El Monje, La Chimenea, La Catedral o El Rey Mago, por ejemplo. Una necesidad de identificar que ya heredamos de nuestros antepasados, pues los quechuas se preocuparon de dar título a semejante creación de la naturaleza. ‘Tala’ definía al árbol, ‘ampa’ al río y ‘aya’ a lo seco. Talampaya hablaba del ‘río seco del tala’.

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Fueron varios los pueblos que pasaron por esos parajes y grabaron su cultura en la propia piedra. Grupos originarios como los diaguitas habitaron las cuevas de la zona de forma temporal, hace más de 1000 años, y dibujaron mensajes en sus rocas: figuras humanas con sogas y animales, la forma de una serpiente y de un cóndor, representaciones humanas con adornos y atuendos, y hasta un brujo o chamán representado con cuernos de diablo, junto a una forma parecida a un cactus que podría expresar el peyote usado por estos hechiceros.

 

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Expresiones de lo cotidiano y de lo sagrado, que también aparecían en otro tipo de legados como los morteros, huecos en los que estos pueblos originarios solían moler sus alimentos, siendo una piedra con 19 de ellos la más representativa. Los humanos no fueron los únicos a adaptarse a la hostilidad del terreno, también lo hicieron las plantas y los animales, con sus 190 especies de animales vertebrados y gran variedad de aves, predominando el guanaco y el cóndor y otras plantas que solo persisten en esta región del planeta, como la chica riojana, de árbol sin hojas.

Este rincón habitado únicamente por el silencio árido y la libertad de formas, permaneció aislado hasta los años setenta, cuando se construyó la carretera que une las poblaciones de Patquía con Villa Unión. Aunque su acceso fue ideado por el ingeniero Werner Lorenz, el responsable de difundir el parque de Talampaya fue el periodista e investigador Federico B. Kirbus. Sus escritos atrajeron a viajeros independientes y los nómadas originarios se remplazaron por exploradores, investigadores y otros visitantes. Con el tiempo, se creó el Parque Nacional de Talampaya y, finalmente, en el año 2000, se lo declaró sitio de Patrimonio de la Humanidad, junto con el Parque Provincial Ischigualasto.

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Años más tarde, revisaba este horizonte de imágenes históricas. Lo hice durante una mañana larga, en la que el sol dejó de importar. Toqué una de las piedras y, en ella, noté el frío del tiempo, como si cada una de ellas albergara la suma de vida, lo viejo. Su temperatura tenía el don de la historia, de los años y la sabiduría. Di la vuelta y encontré dos algarrobos, como si de grandes abuelos de la naturaleza se trataran. Pensé en cuántas generaciones deberían haber pasado para poder recostarme bajo sus sombras. Cada una de ellas, seguro, necesarias para construir la arena, la base y la piedra. Y, por ende, la vida.

DATOS TÉCNICOS

El Cañón de Talampaya forma parte del parque nacional de Talampaya, ubicado en la provincia argentina de La Rioja, a 1.270 km de Buenos Aires y a 520 km de la ciudad de Córdoba. También contiene La Ciudad Perdida, conocida por su itinerario laberíntico, y el Valle del Arco Iris, que le debe el nombre a sus cerros coloridos. Estos dos últimos se pueden realizar a pie y por vía libre. El Cañón de Talampaya es la única zona del parque que se debe visitar con un guía y con vehículo, realizando únicamente caminatas concretas. El parque también ofrece rutas en bicicleta y caminatas nocturnas en ocasión de luna llena.

Talampaya fue declarado Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad en América por la Unesco en el año 2000, junto con el Parque Provincial de Ischigualasto, ubicado en la provincia de San Juan, y más popularmente conocido como Valle de la Luna. Ambos parques están separados por 80 km de distancia y comparten la cuenca geográfica Triásica.

CÓMO LLEGAR

El Parque Nacional Talampaya se encuentra cercano a las localidades de Villa Unión y Pagancillo, a una distancia de 58 y 30 km respectivamente. Está atravesado por la Ruta Nacional nº 76, que une las localidades del oeste riojano con la ciudad de Patquía. A la altura del kilómetro 134 de la Ruta Nacional nº 76 se encuentra una de las áreas de servicios a los visitantes, desde donde parten las excursiones a Ciudad Perdida y Cañón Arco Iris. En el kilómetro 148 se encuentra el ingreso al Área de Servicios del Cañón de Talampaya.

Texto y Fotos : Carmina Balaguer

Creadora del blog http://trasloscielosdeiruya.com/

Siena y Bologna, urbes del medievo

Bologna es una de esas ciudades para pasear, perdiéndose por su laberíntico urbanismo medieval que traza un plan radial entorno a la piazza  de la Mercanzia en la que se alzan las esbeltas due torri, el más notable vestigio de aquella tardía Edad Media compuesta de ciudades estado fortificadas, con murallas y castillo, repletas torres de defensa.

Hoy el centro histórico de Bologna es un formidable ejemplo de cómo fueron aquellas ciudades medievales, algo que se comprende todavía mejor con una visita a Siena, un lugar que parece haberse quedado mágicamente atrapado en el tiempo, entre el 1200 y el 1400 cuando vivió su gran esplendor.

Ambas son dos ciudades del medievo, sin ostentosos monumentos como la imperial Roma o la renacentista Florencia, pero que al igual que la inigualable Venecia, invitan a perderse en el tiempo.

Siena contraluz

Al caer la noche, un paseo por Siena es un viaje al pasado, entre palacios y casas de piedra u oscuros ladrillos, con campanas que baten en la oscuridad. Casi todas las calles de su trazado laberíntico van a dar a la Piazza del Campo, para mí más bella que la Signoria fiorentina.

Siena palacioI

La aparición de la esbelta torre del Palazzo Comunale bajo el arco de una callejuela que va a morir al amplio semicírculo que articula la plaza, famosa por la carrera del palio que se celebra ininterrumpidamente desde tiempos medievales, resulta del todo mágica.  Al igual que la visión de los frescos de Simone Martini en el interior del palazzo, con una Maestà del 1300 que sigue la lección de Giotto en la capilla Scrovegni de Padova e introduce el realismo en el tratamiento de los rostros.

Pero mi pintura favorita es el condotiero o caballero Guidoriccio da Flogiano que simboliza las esencias del mundo caballeresco. Tal vez su rostro y figura no tienen la belleza de un Botticelli pero la elegancia del atuendo y el azul morado del cielo lo compensan. Es la imagen del solitario caballero andante que regresa de la batalla, rodeado de castillos y un paisaje toscano. Tal vez sea una de las primeras representaciones del viajero en solitario que retorna de la aventura.

Para los esotéricos, la capilla lateral o Sala dei Nove, contiene la imagen de un dios cornudo, si se quiere el demonio personificado como rey del mal gobierno (así es como se llama el fresco) que se situa al lado del buen gobierno con un rey y princesas al uso, cargados de virtudes.

Siena diablo

En mi opinión el fresco puede hablar de la religión pagana mediterránea porque presenta un minotauro junto al dios cornudo y también unos ángeles que substituyen las alas por astas de ciervo que podrían recordar al dios Cernunos de la mitología celta. A la izquierda aparece una bruja, de modo que el misterio está servido y la imaginación puede echar a volar.

Duomo ext

Al salir del Palazzo Comunale, la atmósfera medieval te cautiva y acompaña hasta llegar al Duomo, la catedral edificada en el siglo XIII es única por sus suelos de mármol con 59 paneles o mosaicos que contienen escenas como la diseñada por Donatello o figuras de Sibilas.

Siena mosaico

Entre las esculturas del templo, hay un San Pablo y San Pedro de Miguel Angel. Así mismo, en una de las capillas laterales se ubica la biblioteca con los preciosos frescos de Pintorucchio, otro precursor del renacimiento injustamente poco reconocido.

Siena lib pintoru

La arquitectura es un bello exponente del gótico más puro, con esbeltas columnas en franjas del mármol blanco y negro que ascienden al cielo, representado por una cúpula que recuerda al panteón romano.

Una vez más la cultura italiana desborda.

Siena duomo fac

Sin embargo, invito al viajero a no sólo a ver arte, esclavizado por las guías o el deber de conocer lo artístico y monumental, sino a sentir lo que fue el medievo, vagando por las calles, alzando la mirada ante las gárgolas, los altares y las forjas hierro que mantenían el alumbrado vivo del fuego en mitad de la noche.

Un buen vino, Chianti, Valpolicella o Barollo, dependiendo del bolsillo y cualquier pasta fresca al ragú o funghi o tal vez tartufo nero para colmar el paladar que puede seguir con una panna cotta, tiramisú o el goloso mascarpone dulce y rematar con un digestivo Amaretto o Grappa.

Cualquier osteria es buena y dormir exige reserva pero Siena no es Florencia y el viajero se siente menos turista y probablemente más cómodo. Algunos pensarán que no hay mucho por ver pero mi consejo es que traten de sentir su atmósfera de la vieja Edad Media.

Siena pal

Dos días después regresé a Bologna en un tren de cercanías que llega a la estación de Santa María Novella (Firenze) en una hora y veinte. De ahí, el ave frescciarossa lleva a Bologna en apenas una media hora.

Bologna arcos

La ciudad rosa, así llamada por el color de sus fachadas es una elegante urbe medieval porticada, de ambiente universitario y lugares fascinantes como la biblioteca del Archiginnsasio, el palazzo Pepoli donde se alberga la pinacoteca, la sede del antiguo colegio de España y las numerosas iglesias e incontables claustros, como la de San Stefano que agrupa un complejo con varios edificios cuya datación parte del siglo V y según la leyenda se construyó sobre un antiguo templo dedicado a la diosa egipcia Isis. Frenta a la fachada principal de la iglesia se extiende una preciosa plaza.

Bologna respira cultura por todas partes gracias a su universidad y la gran cantidad de museos y exposiciones que se celebran. Durante mi visita, pude ver una mostra sobre la joven de la perla de Vermeer y una curiosa exposición sobre el código del apocalipsis en el bello palacio que es la sede del Circolo Ufficiali dell’Esercito, con unas misteriosas instalaciones con un ligero punto satánico o extraterrestre en un entorno de lujo.

Bologna expo

Para que veaís que la cosa no va en broma, aqui os dejo la curiosa muestra de las combinaciones postmodernas. Un palacio de lujo, proyecciones veladas sobre una pared, escuchando Helter Skelter en un loop invertido y de pronto se me aparece Pater Alien!

la foto

Así mismo en Bologna, hay numerosas librerías y mercados en especial en la zona comprendida entre la via Zamboni y la Strada Maggiore, aunque para puestos de comida en la calle hay que ir al mercado di mezzo detrás de la Piazza Maggiore, en las calles Drapperie y Pescherie Vecchie.

Bologna escena calle

En cuanto a restaurantes la oferta es descomunal y su cocina pasa por ser de las mejores de Italia. Un menú local puede ser tortellini in brodo, maialino rosto y zuppa inglese. Buenos restaurantes son el Donatello, Diana o el más caro Pappagallo, sino trattorias como la Traviata o Montanara son casi más recomendables.

tortellini

En cualquier caso, vale la pena no perderse los aperitivos de tarde con el Spritz hecho con Aperol o Martini rosso si se quiere más amargo o el exquisitamente alcohólico Negroni.

La Italia medieval es una buena alternativa al turismo de masas que inunda Florencia y Roma. Lo monumental puede ser bello pero las manadas turísticas aniquilan la atmósfera del lugar, el genius loci.

Siena y Bologna  son una buena escapada que permite empaparse la cultura italiana y percibir lo que pudo ser la cultura y urbanidad del medievo.

Bologna librosarcos

Texto y Fotografía : Alexis Racionero Ragué

 

Menorca arqueológica

Menorca es una de las islas del Mediterráneo con mayor concentración de patrimonio arqueológico por metro cuadrado. Además de la cantidad, la isla ofrece yacimientos protohistóricos de gran valor que van desde la edad de hierro  hasta la llegada de los romanos.   Las construcciones más características son els talaiots, les navetes y les taules.

Talayot trepucó

Los primeros son grandes edificios, normalmente circulares, construidos en piedra de grandes dimensiones que podían servir como espacios comunales desde los que distribuir y almacenar víveres. Las navetes son espacios de enterramiento que son llamadas de este modo porque su forma recuerda al casco de una nave o embarcación invertida.La más famosa es Sa Naveta d’es Tudons, muy próxima a Ciudadela pero la isla ofrece muchos otros lugares de interés arqueológico.

Además de conocimiento arqueológico estos lugares invitan a pasear dado que en ocasiones se encuentran próximos al camí de cavalls que recorre la isla siguiendo la costa o en ubicaciones que exigen caminar para llegar hasta ellos. Así se disfruta del paisaje de esta isla que es reserva de la biosfera y que además de paradisíacas aunque atestadas playas en verano, ofrece una naturaleza verde y resplandeciente el resto del año, con cielos cristalinos y bellas puestas de sol.

Trepuco

Mis lugares preferidos de la Menorca arqueológica son las taulas, esos esbeltos monolíticos que apuntan al cielo, formando una T. Son aproximadamente del 400 a.C. y se encuentran algo alejadas de la costa, en el contexto de un poblado talayótico. Se hablado mucho de su función y todavía siguen siendo un misterio. A diferencia de los talaiots que se dan en otros lugares como Mallorca, las taulas son algo único. Hay quien piensa que se  trata de un altar en el que realizaban ofrendas y sacrificios, otros hablan de que pudiera ser pilar central de una construcción pero la teoría más aceptada es la que plantea que se trata de un espacio ritual en el que la taula sería el símbolo de adoración a algún dios pagano, pre cristiano. Esta es la teoría de Margaret Murray, la primera que realizó excavaciones arqueológicas de un modo científico y con rigor en la isla y que después publicó sus resultados para la Cambridge University en tres volúmenes (Trepucó I, II i Sa Torreta) a principios de los años 30.

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Un día descubrí estos libros casi por casualidad en un anticuario de Ciutadella y desde que conocí la fascinante vida de su autora y su interesante teoría, me he decidido a escribir un libro y tratar de levantar un documental sobre la relación de las taulas con los antiguos rituales del Mediterráneo. Tal vez en breve, acudiré al crowdfounding (donaciones voluntarias a cambio de recibir el dvd e invitacióna al estreno) para recaudar fondos, dado que de momento, el Consell Insular ha declinado la opción de darnos subvención. Por fortuna, la puerta no está cerrada y el Insitut d’ Estudis Menorquins está interesado en el proyecto.

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Recientemente, he estado visitando la isla, recorriendo sus rutas arqueológicas y conociendo a muchos arqueólogos y gente interesada a la cultura talaiótica a la que sin duda dedico este blog con la certeza de que podremos hacer algo. Mientras, tanto iré informando y dando pistas de la investigación en distintos post. De momento para abrir boca os propongo una ruta de visita arqueológica. La primera excursión  parte de la playa d’es Grau, al norte de Mahón. Desde ahí se coge un tramo del camí de cavalls, marcado con el signo del g.r blanco/rojo y postes de madera a lo largo del recorrido.  En menos de dos horas se llega a la playa nudista de sa Torreta, frente a l’ ïlla d’en Colom. De ahí se debe torcer a la izquierda por un sendero que se dirige hacia al oeste, adentrándose por una zona más boscosa hasta llegar en una media hora al asentamiento de Sa Torreta de Tramuntana, ubicado dentro de una propiedad privada llamada Torreblanca.  Hay que ser respetuoso con el entorno y en caso de estar los dueños pedir paso, sino habrá que esperar al día señalado del mes, en el que se puede visitar el núcleo prehistórico. Sa Torreta de Tramuntana fue excavada por Margaret Murray entre 1933 y 34.

torreta naveta

Lo primero que se encuentra viniendo por el camino de la playa es una naveta, antes oculta entre arbustos, de la que se conserva su estructura y una parte de las paredes laterales. Si se mira bien es fácil encontrar todo tipo de huesos humanos de la edad de bronce. Para llegar a la naveta hay que desviarse un poco del camino cuando se encuentra una inmensa encina centenaria.

encina

Más arriba es imposible no ver el poblado talayótico, con la taula en lo alto de la ladera, desde la cual hay una vista imponente de la costa y l’ ïlla d’es Colom. El poblado tiene interesantes restos de varias casas y un talaiot escalonado.

torreta casa

Sin duda lo más fascinante es el pequeño recinto de la taula que conserva el monolito en forma de T, intacto, rodeado de una serie de pilastras que conforman un espacio a su alrededor en forma de herradura. La taula mira al sur como todas las que se han encontrado en la isla y está algo apartada del poblado.

torreta taulagral

En el interior del recinto se encontraron restos óseos de cordero, cabritos de corta edad y cenizas muy blancas que indican un fuego muy intenso, además de fragmentos de ánforas de cerámica púnica que contenían vino. Como propone Margaret Murray, entorno a la taula se celebraba un ritual. Las pistas dan para pensar que se bebía, se comía, tal vez se sacrificaban animales antes de ingerirlos y probablemente se bailaba alrededor del gran fuego. Los estudios biológicos más recientes, apuntan que la taula sólo se usaba en el periodo vinculado al solsticio de verano, así que podría apuntar al origen de las festes de Sant Joan que tanta tradición tienen en Menorca y todo el mundo mediterráneo.

torreta monolito

Lo más interesante, es que en el mismo recinto  de Sa Torreta, se encontró un cráneo trepanado que como apunta la arqueóloga Cristina Riuete podría vincularse con la figura del chamán de la tribu.

trepanacion

Aquellos que hayan leído El tercer ojo  de Lobsang Rampa, sabrán que la práctica de la trepanación o perforación del cráneo en su parte frontal era algo normal entre los monjes tibetanos. Se cree que esta práctica pudo tener una función médica, para curar enfermedades cerebrales o como vía mística. En la antigua Grecia, Hipócrates también explicó como proceder para hacer una trepanación. Hay constancia de que se han encontrado cráneos trepanados en otras latitudes como en diversos vestigios de la civilización Inca.

Torralba y crepúsculo

La verdad es que el misterio de la taulas, apuntando al cielo, unido a un ritual lúdico festivo entorno a una hoguera y el hallazgo de un cráneo trepanado dan para mucho y en la continuación de mi ruta que pide regresar a la playa de Sa Torreta, retomando el camí de cavalls hasta el cabo de Favàritx, mi imaginación voló a gran altura. En un próximo post contaré cómo llegué a tener uno de esos cráneos trepanados entre mis manos y el vínculo de Margaret Murray con la brujería. El circulo se va cerrando… Como de toda aventura hay que regresar, el caminante debe volver por donde ha venido hasta la playa de Sa Torreta y de ahí a Es Grau o si se dispone de tiempo, dedicar dos horas siguiendo la ruta d’es camí de cavalls en dirección norte hasta el bello faro de Favàritx donde las piedras parecen un paisaje lunar. Si hace calor, nada mejor que pegarse un baño en las cala Tirant o cala Presidi, dos joyas de morfología rocosa.

Favaritx

Atrás queda una ruta por el parque natural de la Albufera d’es Grau, el recuerdo de un cielo increíble,  la visita a una taula de mitad del primer milenio a.C., el misterio del cráneo trepanado y la leyenda de aquella primera arqueóloga…

Sa torreta cielo

Texto y fotografía : Alexis Racionero Ragué

Lhasa

La capital del Tíbet es una pequeña ciudad que pocos años atrás carecía del entramado de calles nuevas que los chinos edificaron para consolidar su asentamiento y explotación comercial. Este fue territorio prohibido para los occidentales al que tan sólo llegaron de forma clandestina viajeros como Alexandra David Néel o Heinrich Harrer.

Hoy el lugar es una mezcla de tradición y modernidad, manteniendo la singularidad que le aporta su geografía remota y a más de tres mil metros y la visita de miles de peregrinos que vienen a venerar al Jokhang con la solemne peregrinación que lo circunda. Fue construido en el año 642 por el rey Songtsen Gampo y contienen numerosas imágenes budistas dejadas por la esposas del emperador que procedían de China y Nepal. Entre éstos destacan figuras del buda Sakyamuni, Maytreya o la de Tsongkapa fundador de la orden gelupa, además de distintos dalai lamas. El edificio es un bloque de cuadrado de cuatro pisos con patios interiores que conducen a las capillas centrales, siguiendo el modelo hindú, con reminiscencias chinas. La fachada principal está rematada por dos grandes ciervos dorados que custodian un gran rueda del dharma. Ante sus puertas los peregrinos de postran realizando numerosos saludos al sol antes de entrar.

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Los occidentales pensamos que el Potala es el lugar más importante y sagrado del Tíbet pero no es así, en su lugar el Jokhang simboliza el orígen de la nación tibetana y la cuna del budismo tibetano.

La vieja Lhasa se esparce en un laberinto de callejuelas que parten de la estructura radial de la Balang  Street, que circunvala el Jokhang.

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La ciudad nueva se extiende creciendo más y más, en dirección  al oeste y pronto llegará hasta la nueva y flamante estación de tren, también construida en un racionalismo ultramoderno y grandilocuente.

La llegada a Lhasa, saliendo de la estación es un poco decepcionante porque se cruzan esas calles nuevas que uno podría encontrar en cualquier parte, con edificios cuadrados de no gran altura con escaparates regentados por multinacionales que venden la ropa deportiva y las hamburguesas de siempre. La nueva China quiere ser occidental y abraza el capitalismo compulsivamente.

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Las aceras son amplias y apenas están transitadas. De vez en cuando, un hotel de lujo de gran estatura puede llamar la atención, al igual que los diversos cuarteles que van presentándose con punzantes alambradas.

Pero al final alcanzas a ver el Potala y aunque los chinos hayan desterrado el viejo mercado y lo hayan substituido por una plaza de hormigón que quiere ser como Tian’anmen con monumento a la victoria incluido, no hay nada que pueda mitigar la emoción de ver este edificio que tanto significa y que forma parte de nuestro imaginario mitológico.

plaza dura potala

Verdaderamente, el Potala es una obra descomunal por como escarpa la montaña en diversos niveles, con esas grandes murallas que reúnen sus múltiples palacios y edificios religiosos que alternan ese granate tan característico del Tíbet y el blanco en el que el sol resplandece como en ningún otro lugar.

El Potala merece un comentario por si sólo que prometo realizar en breve, al igual que el Jokhang, aquí tan sólo quiero informar de cómo es la pequeña ciudad de Lhasa.

Finalmente, el coche nos deja en la plaza Barkhor si es que todavia tiene ese nombre, al final de la Yutuo road. Sacamos las mochilas bajo la atenta mirada de los militares, instalados sobre una especie de donking donut.

plaza dura jokhang

Lamo, nuestra simpatica guía tibetana nos acompaña a nuestro hotel, el Mandala, situado en un lateral del Jokhang, muy céntrico y recomendable, en plena zona peatonal.

En cuanto cruzas la plaza ves a los peregrinos postrarse haciendo el saludo al sol ante la fachada del Jokhang y al tomar la calle Balang en sentido inverso a las agujas del reloj, te sientes un extraño porque todo el mundo anda en la dirección contraria, siguiendo el kora o peregrinación religiosa que exige dar tres vueltas entorno al edificio sagrado. La fuerza del sentido religioso y la devoción de los tibetanos es indescriptible.

peregrinando

Percibes la energía de la tierra y tu corazón se abre a las miradas de estas gentes curtidas por el sol y por la historia milenaria que descansa sobre sus espaldas. Son personas no muy altas que desprenden gran humanidad. Muestran lo que son pastores y gentes de montaña, muchos de ellos nómadas con rasgos achinados pero que recuerdan más a los mongoles y los nepalís.

peregrina

Pese al gran número de personas que recorren la calle, se escucha un silencio revencial sólo roto por los pasos, las tablillas de quienes se inclinan en el suelo y el murmullo de sus mantras. A los extremos de la Balang o Barkhor Street, su antiguo nombre, y de la plaza, se agolpan tenderetes de artesanía con collares, figuras hechas con hueso de yak, estatuas de distintos budas en bronce, tankas, mandalas y demás productos bastante enfocados al turismo.

Si se toma una calle hacia el noroeste se sale al mercado de la ciudad donde se puede encontrar desde carne de yak a cualquier tipo de fruta o verdura.

escena mercado

Desde nuestro hotel podíamos ver la calle Balang y contemplar la ininterrumpida peregrinación, con los tejados del Jokhang en frente. A nuestra izquierda, en un terrado, unos militares hacían guardia, controlando todo aquello que pudiera suceder en la calle y tal vez a nosotros, los turistas en el hotel.

No hay que tener miedo porque Lhasa es una ciudad segura y los tibetanos buena gente pero desde que en la olimpiada celebrada en Pekín hubo protestas y actos de rebelión, los chinos han redoblado sus fuerzas y los puestos de control son constantes, en especial a lo largo de la Balang Street donde más veces se han podido ver inmolaciones o tibetanos que se prendían fuego como forma de protesta.

peregrinos lama

El peligro es que estalle una rebelión estando de visita y que los militares chinos que van armados con ametralladoras decidan abrir fuego, cerrar las fronteras o cualquier otra medida drástica. Su presencia entre los apacibles peregrinos, repartidos a cada tres cientos metros con puestos como setas, bajo ridículas sombrillas, tostándose al sol en su indumentaria de camuflaje que incluye casco resulta incómoda y ridícula.

Es mejor no tener mucho contacto con ellos porque no ven bien la conversación y en cuanto a las fotos están terminante prohibidas. Si te ven te borran la memoria. A nosotros por ejemplo nos llegaron a borrar cuatro fotos que habíamos hecho a los peregrinos en las que salían de fondo. Su sentido de seguridad es bastante paranoico, así que andaros con ojo.

En cuanto a la comida en la ciudad es una de las mejores sorpresas ya que se come muy bien. Hacen una pasta cuadrada, llamada Mien Pian con verduras que está muy buena y también los clásicos fideos chow mein pero al estilo Amdo, un poco picante y especiado, aunque lo mejor son los raviolis rellenos de carne de yak. Probando la calidad de esta pasta casera te convences de que Marco Polo trajo la pasta de la ruta de la seda y que como siempre los italianos se apropiaron del invento. Para calentar el cuerpo nada como una sopa con momos (esas bolas de pasta rellenas, típicas de Nepal) o el té con leche de yak que en su versión salada sabe casi a queso y en la dulce es mucho mejor que cualquier chai indio, pero eso sí hay que estar dispuesto a tolerar el olor y la gran cantidad de grasa. Dado que la carne de yak es duro, lo mejor es comerla en estofado, por ejemplo una cola de yak con un poco de arroz al curry.
A tanta altura y con lo que castiga el sol es bueno reponer fuerzas a la hora de cenar.

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Nosotros comíamos mucho en el Amdo restaurant, un local con interior de madera, mesas bajas con hules verdes, fotos descoloridas en la pared de algunas montañas tibetanas y una tele de rayos catódicos de las de antaño presidiendo el lugar. Lo llevaba un padre con sus dos hijas mientras la madre cocinaba en una diminuta pero limpia cocina. A los tres días eran como nuestra familia, nos hicimos fotos y trataron siempre de conversar con nosotros. Querían saber por qué nos gustaba el Tíbet y sobretodo cómo era el mundo exterior. Resultaba emocionante y también una responsabilidad narrar qué es el mundo como si fueran niños a los que quieres ilustrar sin decepcionar.

Un día en el que hasta unos lamas se habían metido en nuestra conversación con signos, pararon a un profesor universitaria bastante anciano que sabía inglés y por fin pudimos entendernos. Ellos eran de origen mongol y habían llegado al Tïbet hacía tres cientos años. No querían saber nada de política y si vivir tranquilos pero les interesaba de verdad saber qué había más allá de Messi y del mundial que veían en la tele. Como eran los Estados Unidos y la vieja Europa. Recuerdo que hice especial hincapié en que nosotros eramos gente de mar, que nuestra cultura era del Mediterráneo pero que muy cerca teníamos las montañas de los Pirineos que eran más bajas que las suyas. Conocían los Alpes pero no más allá. El profesor me habló de un pariente suyo que se había ido a un monasterio budista en Suiza.

En fin no pararía, pero debo hacerlo para seguir en otro post.

La conclusión de esta introducción a Lhasa es que es un lugar maravilloso no tanto por su paisaje, ni sus monumentos sino por la calidez de los tibetanos, algo que se percibe incluso sin hablar con ellos. Tal vez sea mi mirada romántica, mis prejuicios al respecto pero tenían una pureza que nosotros perdimos hace ya mucho tiempo.

Espero que los chinos y el contacto no puedan con ese talante porque visitando un lugar así te das cuenta que es la gente la que hace el lugar y no al revés. Las piedras desprovistas de humanidad son sólo monumentos y eso lo que encontramos en muchos sitios.

Saludos al sol

Aconsejo perderse por las calles secundarias de Lhasa y descubrir esos pequeños templos que ellos visitan, el gran mercado y compartir las escenas callejeras sin buscar la foto del lama, ni la del niño, la anciana o el militar que todos buscamos. Sentaros, mirad y contemplar a estas gentes tan distintas a nosotros pero que nos recuerdan a los abuelos, a cuándo nosotros éramos una sociedad rural, a los orígenes de los que todos procedemos.

motoristas

Sé que esto se puede encontrar seguramente en otras partes del mundo pero yo lo descubrí en Lhasa más que en ningún otro lugar.

Texto y Fotografía : Alexis Racionero Ragué

Nota de final :

El mal de altura es algo serio. Hay que aclimatar el cuerpo poco a poco por lo que no se debe hacer el turista convencional que no para en los primeros días. El sol castiga mucho y provoca migrañas por lo que hay que protegerse con gorros, pañuelos y ropa de manga larga. Existen pastillas homeopáticas para paliar el mal de altura o remedios de medicina convencional como media aspirina al día o Adiro que mejoran la circulación.

El tren al Tíbet

Viajé al tren en junio del 2010 con motivo del rodaje de mi documental Railway to Heaven. Lo hice en ese moderno tren de alta velocidad inaugurado por los chinos en el 2006 y que supone una obra de ingeniería faraónica, además de una invasión turística en toda regla de un territorio que fue prohibido para los occidentales y que vivió aislado del mundo, elaborando esa mística que tanto nos fascina hoy en día.

Algunos pueden pensar que el tren beneficia a todos porque de este modo los tibetanos reciben ingresos del turismo pero la verdad es que son las agencias chinas las que controlan todas las ganancias del turismo.

Trenlasa

Ellos conceden el visado obligatorio para entrar en el Tíbet con la condición de ir exclusivamente de turismo y con un guía contratado que como en nuestro caso podía ser tibetano pero bajo las órdenes de un tour operador con despacho en Pekín.

En otro post hablaré de lo que representa el Tíbet en la actualidad y la ruta más seguida o permitida para los turistas occidentales pero aquí me limitaré a narrar el viaje en tren que durante algo más de 40 horas cubre la distancia entre Beijing y Lhasa.

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El interior del tren es cómodo y anodino, sin ningún tipo de encanto y similar a cualquier ave que uno haya tomado, con la excepción de que el pasaje es chino o del primer mundo occidental. Como en todo tren hay un vagón restaurante con una foto del potala y un servicio algo deficiente por los precios que cobran.Cada vagón tiene su inspector que sólo aparece para dar alguna que otra orden y negarse a bajar el aire acondicionado. Así que es bueno llevarse mantas adicionales porque a los chinos les encanta consumir energía y vivir en neveras aunque se suba a la cima del mundo.

En los furgones de cola, van los tibetanos, en una clase inferior, sin aire acondicionado y sin asientos reservados, por lo que muchos van sentados en el suelo pero sin llegar a la sobreocupación de los trenes indios.

EstacionPekin

El tren parte de la estación oeste de Pekín sobre las nueve de la noche y llega a Xian al amanecer. De ahí sigue por un paisaje plano y aburrido hasta la contaminada ciudad de Lanzhou donde las innumerables industrias ya sean térmicas o nuclerares polucionan el cielo hasta el límite de no poder ver más allá de la primera línea de casas. El cielo es blanco cuando hace sol y gris cuando está nublado pero casi nunca azul. De ahí que los jóvenes urbanitas como unos que conocí en el monte Huashan (próximo a Xian) se vayan a esos lugares para descubrir cosas para ellos desconocidas como el resplandor de la luna en una noche de plenilunio.

descansoLanzhou

A Lanzhou se llega sobre las cuatro de la tarde del día siguiente de haber cogido el tren y se aprovecha la parada de unos veinte minutos para bajar a estirar las piernas, fumar un cigarro, practicar tai chi o gimnasia, algo que a los chinos les encanta o simplemente airearse de los ya vividos vagones en los que los pasajeros se cocinan chow mein y todo tipo de sopas y pastas deshidratadas que están listas para comer con tan sólo verter un poco de agua hirviendo, el mismo proceso que para tomar té continuamente.

comidatren

Los chinos no son muy dados a la conversación, tal vez porque muy pocos hablan inglés y la mayoría de occidentales no hablamos mandarín. Los vagones son de cuatro literas que durante el día se convierten en asientos. Mi equipo de rodaje consistía en dos cámaras, uno de los cuales era chino y ejercía de traductor. Pudimos rodar porque llevábamos cámaras fotográficas como la Canon D5 para similar que en vez de filmar imagen en movimiento, disparábamos fotos. Dentro del tren no dejan sacar una cámara de vídeo por muy turista que seas.

Nosotros compartimos el vagón con Chen, un chino del norte que había emigrado a Nueva York donde regentaba una peluquería. Había venido a visitar a sus padres y aprovechaba para hacer turismo. El Tíbet se ha convertido en uno de los principales reclamos turísticos para los chinos bienestantes.

Xian

El paisaje no tenía mucho que ofrecer hasta que llegamos a Xining, una ciudad menos polucionada y con algunos campos sembrados y un aire de provincia peculiar.

A la ida hicimos el viaje desde Pekín de un tirón pero de regreso y para documentar los lugares en los que para el tren, pasamos dos o tres días en todas las estas ciudades. Xining con su influencia musulmana, la mayoría de sus habitantes son hui (chinos practicantes islam), fue uno de los lugares que más nos gustó. Tienen un yogur y una gastronomía excepcional, con un bonito aunque moderno mercado.

estacionXIning

Al atardecer de este primer día completo en el tren, se parte de Xining con dirección a  Golmud, el último enclave de la provincia de Qinhai ya en plena meseta tibetana. Llegamos en plena noche. Desde la ventana ví las chimeneas de sus fábricas explotando los recursos naturales como ese Moloch del que habla Ginsberg, como un monstruo industrializado envuelto en llamas. Pero pronto lo olvidé.

Golmudnoche

A partir de aquí el paisaje se vuelve de otro mundo, con una capacidad de fascinación como nunca había visto.

Apenas pude dormir en toda la noche, pegado al cristal contemplando las estrellas que eran llamas de fuego en el cielo como si cada una de ellas fuera el alma de una persona, dibujando un inmeso mandala de constelaciones que me hipnotizaba.

noche

Estaba llegando al lugar donde moran los dioses y las almas.

Leyendo a Colin Thubron (Hacia una montaña en el Tíbet), tiempo después pude comprobar que él también sintió algo parecido en su viaje al Tibet.

Aquella noche me puse a recordar a todos los seres queridos que había perdido recientemente, sintiendo que podía tocar las estrellas.

Lloré de emoción más que de tristeza y me sentí en paz con todos ellos. Como si ir al Tíbet fuera un homenaje a todos ellos.

Amanecertren

Horas más tarde viví el más bello amanecer con la irrupción de las montañas Kun Lun de camino al paso de Tanggula a 5.072 metros. La magnitud del paisaje nos silenció a todos. Tan sólo se escuchaba el murmullo de quienes oraban a las montañas pegados al cristal del vagón del tren.

kunlun shan al amanecer

Fue una escena preciosa, en un entorno sobrecogedor en el que tan sólo puedes pensar en la naturaleza como algo divino.

Tangula Pas

El espectáculo sensorial es irrepetible. La ventana del tren se convierte en una proyección de un paisaje bellamente desolado y remoto, en constante cambio, con tormentas que vienen y van, arenas rojizas y más tarde ocres, mantos de nieve, lagos, alguna pradera sembrada de yaks, tierras enfangadas por la lluvia y arroyos serpenteantes que provienen de las inmensas montañas en el horizonte. No hay rastro alguno de civilización.

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De una parte dan ganas de bajar y pisar el territorio pero rápidamente piensas que es mejor dejarlo así, puro en estado virgen, sin destruir la sacralidad del lugar con una manada de pasajeros en tránsito cargados con sus cámaras.

Kunlunshan

Probablemente, tampoco sería posible porque  desde hacía ya un par de horas el interior del tren estaba suministrando oxígeno adicional para que pudiéramos sobrevivir al mal de altura.

Allí estaba, la gran llanura del Tíbet,  la expresión más próxima al infinito que he conocido, donde la tierra se muestra desnuda, con sus pliegues y arrugas, y el cielo es azul y cristalino, con una nitidez más allá de lo terrenal.

El tren avanzaba mientras las nubes proyectaban sus sombras sobre la tierra en un continuo movimiento.

shadows

Lo que pude contemplar en esas horas mágicas y atemporales me llevaron  a escribir las siguientes líneas que surgieron como un dictado automático de mi pensamiento y que sirvieron para construir la voz en off de mi documental Railway to Heaven.

“La tierra rojiza y mojada muestra  heridas de sus vidas pasadas

Me siento sólo y distante… El espacio es infinito, no hay tiempo, Kun Lun parece la morada de las almas, el cielo en la Tierra.

Tengo miedo. Las montañas me llaman y se desvanecen. Y si yo tampoco estoy?

Me aferro al paisaje, al cambio, al siguiente amanecer, pero y si éste no llega?

Aquellos a los que amé me hablan desde el silencio…

Siento que estoy con ellos pero no sé si he venido para quedarme. “

Llegamos a Nagqu ya en territorio tibetano sobre las cuatro de la tarde. Bajamos a estirar las piernas y al otro lado del andén, unos militares chinos nos controlaban. El viento gélido se clavaba como cuchillos en la cara. Comprendí que custodiaban que nadie escapara del tren para perderse por cualquier lugar no controlado por ellos.

Nagqu

En el Tíbet somos turistas y vamos donde de ellos quieren, eso hay que tenerlo claro. Como relataré en mi siguiente post,  tienen toda una serie de artimañas para que esto se cumpla a rajatabla.

Lo que viene desde Nagqu es el descenso por un valle en el que aparecen finalmente, los signos de civilización con la inquietante presencia de grandes y nuevas fábricas, con edificios adosados como colmenas que esperan aguardar a sus trabajadores.

Puede sentirse la atmósfera de la modernidad que viene a suceder a la agricultura pero afortunadamente, esto todavía no ha sucedido por completo.

Desde la ventana pude ver también rebaños, pastores y casas de adobe. Vimos los primeros árboles y una carretera transitada por camiones militares.

El Tíbet ya no es Shambala ni Shangrilá pero la llegada emociona por lo que se ha vivido durante el itinerario. Da igual que la estación de Lhasa sea una moderna construcción monumental de aires fascistas o que las carreteras de hormigón surquen este valle a unos 3.600 metros de altura.

Estación Lhasa

Su pureza no se quebranta, ni se corrompe porque el viajero siente igualmente su energía y su mítica.  Todos cuantos hemos estado allá llevamos un pedazo de ese pequeño país en nuestro corazón.

telurico

En mi opinión creo que no se debe ni a la política, ni a Richard Gere, ni al Dalai Lama sino a algo más telúrico y profundo que nos conecta con una tierra primigenia.

Lo prometido en breve cuento más.

 

Texto y Fotografía : Alexis Racionero Ragué

RAIL_2HEAVEN copia 2https://www.filmin.es/pelicula/railway-to-heaven

Colin Thubron, el último clásico de la literatura de viajes

Descubrí a Thubron poco después de mi viaje al Tíbet. Volví impactado sintiendo que esos paisajes remotos de yermas llanuras de horizontes infinitos, envueltos de nubes cristalinas y cielos increíbles había despertado algo muy íntimo y personal. Desde el tren una noche lloré mirando las estrellas, recordando a todos los seres queridos que recientemente había perdido. Sentí la necesidad de escribirlo para finalmente convertirse en una parte de la voz en off de mi documental Railway to Heaven.

Entonces, ya de vuelta, un libro cayó en mis manos y leí…

“A veces los viajes comienzan mucho antes que hayas dado el primer paso. El mio, sin que yo lo supiera, comienza no hace mucho, en una sala de hospital, cuando fallece mi último familiar . Estar sólo no tiene nada de extraño. La muerte de los padres puede causar una tristeza resignada, pero yo necesito dejar una señal de su paso… La razón por la que hago esto es inexpresable.”

El libro se llama Hacia una montaña en el Tíbet y me descubrió una prosa por desgracia, ya poco común.

“El sol asciende a su zénit. Unas rocas alisadas por la erosión, de color gris plateado, yacen a lo largo de la senda entre colchones de espinos y flores de color azul de humo. Las nubes de tormenta que se ciernen sobre las montañas más distantes no se mueven. Solo el crujido de las botas y el sonido de senderismo del sherpa rompen el silencio. Destella el cuarzo de las piedrecillas que pisamos.”

Así empieza este libro del que no pude despegarme hasta acabarlo. Thubron me estaba contando con bellas palabras, en ese estilo tan suyo que combina la potencia visual con el conocimiento histórico y el contacto con las gentes del lugar, aquello que sentí cuando viajé al Tíbet. Allí no sólo moran los dioses sino es el lugar al que seguramente vamos a morir y de dónde procedemos. Así también lo quiso el sabio Raimon Pannikkar cuyo último libro fue su peregrinación al Kailash cuando ya rebasaba los noventa años.

A-Tibetan-Pilgrim-with-th-007En el Tíbet hay algo catárquico, sacrilazado y remotamente esencial que nos conecta con las raíces, nuestros ancestros y seguramente, por eso desde tiempos inmemoriales se ha peregrinado hasta el Kailash, la montaña venerada por cuatro religiones, la cumbre primigenia de donde nacen ríos como el Ganges o el Indo, el monte Meru de los hinduistas, el mito de Shambala o Shangrila, la cumbre que se eleva como un cono perfecto aislado de la cordillera de los Himalayas, sobre una llanura desolada.

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Hacia una montaña en el Tíbet, al que le dedico otro post  en la página de libro del mes, se publicó en el 2011. Jacinto Antón el gran especialista en viajes de El País le llegó hacer una extensa entrevista a propósito del libro que podeis consultar en el enlace que pongo a final de post.

La bibliografía de Thubron se inicia con Mirror to Damascus (1968) y sigue con muchas páginas dedicadas a Oriente Medio como En el corazón perdido de Asia o Behind the Wall (1985) que ganó los premios Thomas Cook y el Hawthornden.

Mi otro libro favorito de Thubron es La sombre de la ruta de la seda (2004) en el que narra un viaje de 7.000 millas siguiendo la ruta de la seda con tramos tan peligrosos como los que llevan de Dunhuang a Kashgar pasando por la parte baja del desierto de Takla Makán. Como en el resto de sus libros, la combinación de apuntes históricos y culturales, narración en primera persona, descripción de paisajes y la aparición de personajes locales hallados en el camino, resulta perfecta. Rebasados los sesenta años el autor se adentra por fronteras conflictivas por el férreo control chino, un brote de neumonía atípica le retiene en cuarentena al borde de la muerte en Qiemo pero al final llegará a Kashgar, de ahí a Samarkanda y mucho tiempo después finalizará en la vieja Antioquía.

“A veces un viaje es fruto de la esperanza y el instinto, de una embriagadora convicción, mientras uno recorre el mapa con el dedo: Sí, aquí y aquí… Estas son las terminaciones nerviosas del mundo… Un centenar de razones le piden a voces que vaya. Él va para entrar en contacto con identidades humanas, para poblar un mapa vacío. Siente que se dirige al corazón del mundo. Va para encontrar las múltiples formas que adopta la fe. Va porque aún es joven y está ávido de emociones, de oir crujir el polvo bajo sus votas; va porque es viejo y necesita comprender algo antes de que sea demasiado tarde. Va para ver qué sucederá…    Seguir la Ruta de la Seda es seguir a un fantasma…”

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Thubron es un genio. El último de una estirpe, tanto como escritor y como viajero, de esos que viaja en solitario filtrando y destilando una cultura humanística e histórica como hacían los grandes intelectuales del siglo pasado. Se formó en Eton y en diciembre del 2006 fue nombrado Comandante de la Orden del Imperio Británico. Como novelista fue nominado al premio Booker por The Last City (2002) y en el 85 ganó el MacmillanSilver Pen Award por A Cruel Madness.

Thubron

Cuando añoro viajar, cojo un libro de Thubron y me siento junto al fuego a imaginar donde podría ir, dejándome llevar por su prosa y aventuras. Normalmente, me entran ganas de coger un mapa, tirarme al suelo y dibujar la ruta con un lápiz.

Luego viene google maps, pero todo arranca en las ansias de vagar que me produce la literatura de Thubron, el último clásico de una tradición en la literatura de viajes que se inició en Robert Byron o el gran Patrick Leigh Fermor.

Texto: Alexis Racionero Ragué

Ver la sección libro del mes

Entrevista Jacinto Antón a propósito de La sombra de la ruta de la seda

Entrevista Jacinto Antón a propósito de Hacia una montaña en el Tíbet

Sociedad Geográfica española sobre Colin Thubron